Hoy os queremos describir una de las rutas guiadas de observación que más realizamos en la Sierra de Andújar. A primera hora, cuando los mirlos llevan ya un tiempo cantando, empieza nuestro recorrido por este bello territorio. Hemos decidido, a tenor de las inquietudes del cliente, acercarnos al río para buscar a la esquiva nutria a primera hora, envolviendonos en una niebla matutina que confiere al paisaje un aire místico.

Desde primera hora la fauna nos acompaña, y antes de bajar del coche ya hemos podido observar varios ejemplares de ciervo, cormoranes y una garza real. El bosque de ribera proporciona un entorno único, donde añosos fresnos se mezclan con las encinas y los lenticos. Estamos a las puertas del Parque Natural de la Sierra de Andújar, uno de los mejores ejemplos de bosque mediterráneo de Europa y principal refugio del lince ibérico, pues fueron estos suaves relieves lo que le dieron al amenazado felino su último refugio a primero de siglo. Tras escuchar una amena explicación por parte del guía, ampliando la información comentada durante el desplazamiento en coche, es ahora cuando montamos la primera espera, centrándonos en el agua pero siempre atentos al monte y el cielo, pues linces ibéricos y águilas imperiales campan estos enclaves.
Observamos varias especies de aves, como el avión común, el rabilargo o el pico picapinos. La mañana se va templando, la niebla se disipa con los primeros rayos de sol y la nutria no se hace esperar, haciendo una aparición rápida pero permitiéndonos tomar algunas fotos. Son animales inquietos que parecen jugar a la vez que recorren sus dominios acuáticos.

Con este primer objetivo conseguido, volvemos al vehículo para dirigirnos a otro punto de observación, donde nos vamos a centrar en el lince ibérico. Aquí el paisaje cambia rápidamente, y tras abandonar el bosque de galería ligado al curso fluvial, transitamos por unas repoblaciones de pino piñonero antes de llegar a las zonas de encinas y alcornoques, muchas adehesadas, donde estas quercineas se combinan con madroños, lentiscos o acebuches en un terreno salpicado de rocas de granito cubiertas de musgo, denominadas bolos por la suave erosión que les ha concedido una forma curva. Por estas dehesas la clave es conducir despacio, observando cada palmo de terreno, pues nunca se sabe donde puede estar descansando un lince. Este método, si bien no nos muestra el ansiado félido, nos permite ver multitud de otras especies que lo acompañan en su territorio, entre las que destaca un mochuelo que podemos disfrutar encima de una bolo. Son las rapaces nocturnas con mayor actividad diurna, y no es raro observar varios ejemplares en nuestras rutas. Antes de llegar al punto elegido para la segunda espera, un grupo grande de gamos nos sorprende y nos obliga a bajar del coche para disfrutarlos con calma.

La pista serpentea entre encinas y rocas, con suaves lomas y cerros a ambos lados y algún arroyo temporal. En un cruce de caminos nos detenemos para mostrar una pista clave en territorios linceros; un excremento de lince ibérico. Los linces, como la mayoría de carnívoros, usan sus excrementos para marcar su territorio, y no es complicado observarlos si sabes donde buscarlos. Son en su mayoría pelo y huesos de conejo, pues se alimentan hasta en un 90% de ellos si sus poblaciones son suficientes.
La pista parece llegar a un alto y ante nosotros se abre un inmenso valle, donde suaves relieves y multitud de rocas a escudriñar. Tenemos tarea, así que dejamos el coche en un apartadero y montamos los telescopios. La paciencia es la primera clave para la observación de linces en libertad. La segunda probablemente sea la suerte, aunque es muy importante saber identificar los indicios, pues la fauna avisa al paso del gran depredador de estos montes. La búsqueda nos muestra de nuevo otras especies. Gamos y ciervos vuelven a aparecer en cantidad, mientras dos conejos juegan en un llano y una perdiz se desgañita encima de una roca. Un cacarea inconfundible desplaza nuestra vista hacia los cielos. Es un águila imperial ibérica, otra especie endémica de la península. Sus hombros blancos destellan cuando los rayos de sol inciden en ellos, y su observación es uno de los regalos del día.

Es medio día y el hambre aprieta, por lo que nos desplazamos a un mirador cercano habilitado con mesas de piedra para comer. Aquí observamos la ruinas de un antiguo poblado, donde ahora moran las cabras montesas. Son relativamente fáciles de observar y las distancias suelen ser cortas, por lo que este rato permite realizar buenas fotografías. Aprovechamos para asomarnos al embalse y observar los cortados que lo flanquean, donde podríamos ver el búho real. Hoy no hay suerte, pues la rapaz no es encuentra en ninguno de sus posaderos habituales. A cambio conseguimos ver un cernícalos y dos chovas piquirrojas, y a la vuelta varias decenas de buitres se elevan en una corriente térmica. El buitre negro destaca entre sus compañeros leonados, por su envergadura y cuadrada silueta.
Llegó el momento decisivo, pues aún nos quedan dos horas para intentar la observación de un lince ibérico en libertad. El monte esta callado, envuelto en una calma tensa, solo rota por el jadeo de una perdiz y el griterio de las urracas. Miramos aquí y allá, en el camino, en lo alto del cerro, entre los lenticos, quizá subido a las rocas…. ¿Lo conseguiremos?
